Chile: Educación y Mercado

Álvaro Cuadra
1.-  El saber performativo
Alainet.- Ya hacia fines de los años setenta se estableció un inquietante diagnóstico que apuntaba hacia un nuevo estatuto del saber en las sociedades desarrolladas. El saber dejaba atrás todo relato de emancipación como fuente de su legitimidad. En la nueva sociedad que emergía, el saber se legitimaba tan solo en virtud de su utilidad en el seno del mercado. La interrogante ya no era si acaso tal teoría o modelo representaba la “verdad”, sino responder a la pregunta “¿para qué sirve?, ¿se puede vender?” Este nuevo enfoque reflejaba según algunos teóricos la condición “postmoderna” a la que arribaba el tardocapitalismo globalizado.
Esta nueva orientación ética y epistemológica fue diseminada en el mundo entero con el apoyo de las redes digitales y tomó la forma de diplomados, postítulos, Masters y MBA’s. Las universidades fueron sometidas a esta nueva “lógica performativa” mediante mecanismos de “acreditación” y los gobiernos se propusieron, en toda América Latina, la promoción del I+D, la investigación y el desarrollo. Los resultados, hay que decirlo, han sido magros y débiles. Ningún país de esta región del mundo ocupa siquiera un lugar preeminente en los listados mundiales y la calidad de las instituciones de educación superior chapotean, más bien, en lo inferior. Sin embargo, esta concepción globalizada de la educación la ha convertido en un área de negocios muy prometedora.
En el caso de Chile, tanto las universidades públicas como privadas han convertido sus instituciones en entidades financieramente viables gracias a la precarización de los empleos  de docentes y administrativos. Nace la figura del llamado “profesor taxi” que presta sus servicios a “honorarios” en diversas entidades cuyo giro es la educación técnica o universitaria. Esta forma de empleo a tiempo parcial dificulta, desde luego, cualquier política seria de investigación y desarrollo en cualquier dominio del saber. La investigación entre nosotros es escasa y el número de patentes mínimo. Los informes OMPI / INSEAD 2012, con sede en Francia, revelan un muy bajo desempeño de los países latinoamericanos en relación a calidad educativa, ciencia y tecnología. Cuando la educación sirve al lucro, su calidad decae. Cuando la educación es concebida como un mero “bien de consumo”, su calidad decae. Cuando la educación se convierte en un negocio desregulado, deja de cumplir su función y su calidad decae.
2.- El estado ausente
La educación es, de modo inevitable, una empresa de largo aliento y de elevados costes. Para un país se trata, nada menos, que de la formación de generaciones para ingresar al sistema de ocupación en una sociedad dada, se trata del nivel cultural de la población. Si aceptamos la premisa de que la educación es un derecho, resulta claro que la responsabilidad recae, en primerísimo lugar en el estado. Es responsabilidad del estado nacional garantizar la educación gratuita de alta calidad a su población. Estamos hablando de un sistema educacional que incluya el jardín infantil para madres trabajadoras hasta la educación superior terciaria. Es obvio que un esfuerzo de esta magnitud eleva en varios puntos del PIB  la asignación de recursos en políticas sociales. En los países de la OCDE, Chile exhibe uno de los niveles más bajos en este ítem respecto de sus pares, de hecho el promedio de dichas naciones duplica el gasto nacional y, Francia en particular, lo tríplica.
Una cuestión que pocas veces se advierte es el hecho de que la gratuidad de la educación es, antes que nada, una “decisión política”. Así, por ejemplo, gobiernos económicamente más débiles que el nuestro han  asumido la responsabilidad de entregar educación a su pueblo de manera gratuita. La lista es larga e incluye, por cierto, a varios países de nuestro entorno. Pensar la educación como un derecho de los pueblos y como una obligación insoslayable de los estados nos muestra, por contraste, la aberración lamentable en que se encuentra sumido el sistema educacional chileno.
La ausencia del estado nacional para financiar la educación de los más, es, paradojalmente, una vigorosa presencia para los “empresarios educacionales”, sea mediante aportes fiscales directos o indirectos y cualquier forma de “crédito avalado por el estado”. El erario nacional ha sido puesto al servicio de un grupo de empresarios y banqueros que medran de tales aportes para enriquecerse de la deuda de los estudiantes que costean el negocio. Todo ello, y no es menor, a través de corporaciones “sin fines de lucro” y por tanto, exentas de tributación. En suma, la insaciable voracidad y codicia de unos pocos que lucran con la educación está hipotecando el destino de nuestros hijos y, en última instancia, cualquier posibilidad de desarrollo y bienestar para nuestro país.
La cuestión educacional es, nos guste o no, uno de los problemas políticos y morales cardinales de nuestro tiempo, pues del modo en que resolvamos este trance determinará nuestro porvenir. La miopía, el oportunismo y la codicia de nuestros gobiernos ha sido capaz de postergar una y otra vez la cuestión educacional. Han sido las manifestaciones estudiantiles las que han puesto el dedo en la llaga, han sido las nuevas generaciones las que nos están señalando la magnitud del problema. Estamos, como se acostumbra decir, frente a un “problema –país”, esto quiere decir que atañe a la sociedad en su conjunto. Por ello, no resulta aceptable que los afectados, estudiantes y docentes sean marginados de las propuestas y proyectos que se discuten a puertas cerradas. Para expresarlo con absoluta franqueza, la educación no es un asunto de mercaderes ni de políticos profesionales, se trata de un interés fundamental de los chilenos y, en tanto tal, la cuestión educacional requiere de la más amplia participación del estamento estudiantil y docente.
Sabemos cuan distantes estamos de tales prácticas democráticas cuando la autoridad promueve leyes draconianas para reprimir el movimiento estudiantil, convirtiendo facultades y colegios en cotos cercados por carros policiales, utilizando sus voces esclavas para desacreditar este movimiento social y denostar a sus líderes. Las autoridades de gobierno se ensañan contra los estudiantes de este país para defender a una caterva de sinvergüenzas que han convertido la enseñanza en una mercancía.
3.- Educación y mercado
El concepto mismo de “educación” está reñido con el de “mercado”, señalando una relación contrapuesta. Educar supone una cuestión ética de fondo en cuanto “desarrollar” y “perfeccionar” facultades intelectuales y morales en los jóvenes o niños, mientras que el mercado es el espacio al que concurren los “agentes económicos” para transar bienes y servicios. Convertir la educación en un “bien de consumo”, es, si lo examinamos de cerca, un acto de profunda inmoralidad, una acción aberrante que no tiene justificación alguna, salvo la codicia y la ignorancia. Educar a otro es despertar y enriquecer sus facultades, esto requiere una vocación genuina que entraña un compromiso y una responsabilidad. Educar es una de las muchas maneras en que se expresa, en su más alto sentido, “el amor al prójimo” y eso no se transa por un puñado de monedas.
Los estudiantes movilizados en las calles de nuestras ciudades luchan por una causa justa, están del lado correcto de la historia. Solo la ceguera de unos cuantos impide ver con nitidez y lucidez la justicia de su demanda. No seamos ingenuos, el reclamo estudiantil no tiene fecha de caducidad, pues constituye un anhelo profundo, un horizonte, de muchos padres y apoderados atribulados por el pago de la matrícula y las deudas para entregarles una mejor vida a sus hijos. Los pobres de Chile quieren que sus hijos se eduquen en colegios públicos, gratuitos y de calidad. No quieren ser más las víctimas de bancos inescrupulosos que los esquilman “legalmente”, aumentando su angustia, empobreciéndolos todavía más.
Los estudiantes chilenos están en la calle porque Chile se olvidó de ellos y de sus familias hace mucho. Los estudiantes chilenos están aprendiendo la más dura lección de sus vidas, la lucha social por sus derechos. Muchos de ellos, sin saberlo siquiera, han suspendido la lectura de los textos de historia para comenzar a escribir su propia página. Los miles que marchan enarbolan las banderas de la juventud que sueña un país otro. Ellos encarnan hoy la palabra “Educación”, con mayúsculas, frente a una sociedad enferma que idolatra al becerro de oro.
– Álvaro Cuadra es investigador y docente de la Escuela Latinoamericana de Postgrados. ELAP. ARENA PÚBLICA. Plataforma de Opinión. Universidad de Arte y Ciencias Sociales. ARCIS.

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