La precariedad de los mineros sudafricanos, germen de la masacre de Marikana

Hacinados en poblados chabolistas, casi sin luz, agua corriente y en precarias condiciones de salubridad, los mineros sudafricanos soportan una situación que ha explotado este mes, con la sangrienta represión de una huelga en Marikana que se cobró la vida de 44 personas.

Durante décadas, la minería, primera industria de Sudáfrica, se ha mantenido sobre las pésimas condiciones de vida de sus trabajadores.

“Allá donde mirara, veía hombres negros con monos polvorientos. Vivían sobre el terreno en desnudos barracones que contenían cientos de lechos de cemento”, escribía el expresidente sudafricano Nelson Mandela en su autobiografía, “El largo camino hacia la libertad”, en referencia las minas del Rand, cerca de Johannesburgo.

“Solo la existencia de mano de obra barata -continúa Mandela- en forma de miles de africanos, que trabajaban en largos turnos a cambio de un escaso salario y sin disfrutar de ningún derecho, hacía que la extracción resultara rentable para las empresas mineras”.

Varias décadas después, la situación apenas ha cambiado en las explotaciones sudafricanas, donde miles de obreros trabajan en uno de los oficios más peligrosos y perjudiciales del mundo por unos 4.000 rands al mes (unos 380 euros).

“Es mejor que te despidan a seguir trabajando así”, dicen los mineros.

Una treintena de ellos perdieron la vida el pasado día 17 en el conflicto laboral más sangriento desde el fin del “apartheid”, el régimen de segregación racial impuesto por la minoría blanca sudafricana hasta 1994, cuando Mandela alcanzó la Presidencia.

La huelga en la mina de platino de Lonmin en Marikana, a 100 kilómetros al noroeste de Johannesburgo, ha hecho explotar una bomba de relojería que llevaba sonando desde hace décadas.

Casi veinte años después del fin del “apartheid”, los blancos siguen cobrando hasta cinco veces más que la población negra, que aún vive en asentamientos improvisados, y su tasa de paro ronda el 25 %, frente al 5 % de los descendientes de europeos.

La masacre de 34 mineros por disparos de la Policía el pasado día 17, y la muerte de otras 10 personas desde que se inició la huelga en Marikana, el 10 de agosto, ha puesto de manifiesto la realidad del subsuelo sudafricano.

“La situación en los poblados mineros es abominable: la superpoblación, la falta de salubridad, agua potable y electricidad son la norma”, ha denunciado la Fundación Bench Marks, una organización que vela por los derechos laborales en Sudáfrica.

“La mayoría de los poblados chabolistas son el resultado de que las compañías no dan alojamiento adecuado a sus empleados y les pagan sueldos inhumanos”, añade la Fundación.

La situación en el poblado de Marikana, junto a la mina de Lonmin, se asemeja bastante a esa descripción: la basura se acumula en los alrededores del asentamiento, que alberga a 10.000 familias, en casas de chapa y madera.

Bethuel Sibiya, de 43 años, paga 300 rands (unos 28 euros) por una chabola de dos metros cuadrados sin ventanas.

Comparte el único grifo de agua corriente y los retretes con otras diez viviendas, aunque asegura que hay quien vive en chabolas peores acompañados de familia.

“Sólo hay agua durante unas dos horas, por la noche, así que hay que esperar levantado para llenar cubos para cocinar o asearse, y la electricidad a veces se va durante una o dos semanas”, explica Sibiya, miembro del sindicato AMCU (Asociación de la Minería y la Construcción), que inició la huelga en Marikana.

Los retretes “son sólo un agujero en el suelo. El olor y todo se desborda”, agrega Sibiya, quien afirma que su salario es insuficiente para costear una vida mejor.

“Tengo tres hijos y una mujer, y mi madre sigue viva. No me queda nada en el bolsillo. Sólo como pan. Ni pollo, ni nada”, lamenta el obrero.

“Trabajé hasta 1987 en las minas. Luego en la hostelería. Volví a las minas hace un año porque pensé que podría ganar dinero, pero la situación sigue siendo la misma”, señala el empleado.

Los mineros de Marikana afrontan otra semana de huelga, y se resisten a olvidar la matanza de 34 de sus compañeros a manos de la Policía.

“No hacíamos nada (en el momento de la masacre). Sólo bailábamos, es nuestra cultura -indica Sabiya-. La empresa le dijo a la Policía: ‘id y matadlos’. Y eso es lo que hicieron”.

EFE

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