La Maldición Orwelleana de Jalisco

15-O, Asamblea Popular Jalisco, #YoSoy132, y muchisimos más.*

“lo que no pudo hacer el Estado, lo logró la izquierda institucional”. Jacobo Silva

“El poder no cambia a la gente, el poder deja ver esa otra parte que no se veía, pero ahí estaba”. Jacobo Silva

Isaac Sánchez

Palabras Despiertas.- Los movimientos sociales, colectivos y otras organizaciones que luchan y trabajan por un mundo diferente, usualmente utilizan terminologías y discursos que suenan bonitos y a la moda, ese “un mundo donde quepan muchos mundos” tan publicitado ya o el tan escuchado, al menos aquí en Jalisco, término de “horizontalidad”, entre otras formas discursivas que huelen a una nueva forma de hacer política. Es algo que nos jala y nos seduce a participar.

Te acercas a empaparte, a oler esa nueva forma de hacer política y participar en la “revolución” que ahora se limita y diluye en una “movilización de consciencias”. Te acercas un poco y te toca el sabor a “lo mismo de siempre”, a ese protagonismo tan jerarquico, a los egos que provocan pleitos ridículos en torno a temas aún más ridículos, a pasar horas en una reunión donde se dice lo mismo, se dice mucho pero no se escucha casi nada.

Llegas a ver un entorno (muchísimos, porque son muchos los entornos así) en el que la verticalidad esta a la orden del día, todos buscando ser reconocidos como los más revolucionarios, los más inteligentes o los más concientes, si uno llega sin saber, nomás siguiendo el olor a “Revolución” que nos toca la sensibilidad y la culpa por nuestra burguesía (tapatíos baah) nos apantallamos, decímos “worale, ese de lentes, o ese de pelo largo, ha de ser el líder, ve cuanto habla, ve que términos utiliza” y nos quedamos apantallados por su capacidad y liderazgo, ¡pero que revolucionario es aquel!

Y llegan algunos, que ante semejante pantalla, se callan y aprenden de lo que ven, hay otros que no se callan y le entran a la competencia del no decir absolutamente nada, hablar mucho y estar parado, como bailarín de Kundera en medio de un montón de personas que no te escuchan pero te miran con cara de política.

Pero bueno, naturalmente en las reuniones pequeñas, de trabajo es en donde se encuentra la acción del “caminar abajo”, de buscar ese cambio que tan bonito suena. Y si, hay un común acuerdo en lo escencial, en la forma, “hay que salir en los medios” hay que bailar frente a las cámaras con estos miles de eventos y acciones, “!hay que mostrar el músculote, porque somos La revolución y vamos a hacer el cambio, somos apartidistas, estamos en lucha!” que ánimos y aspiraciones tan bonitas, que bello todo.

Y luego viene lo interesante, que hasta ahí llega el poder y el músculo de La revolución, a bailar y cantar al modo de Kundera y ya. Luego pasa lo que ha pasado siempre, aquellos que escuchaban y chambeaban, se cansan de bailar y se sientan a descansar mientras se baila a su alrededor el baile de La revolución y alguna resistencia. Los que bailan miran con recelo a los que parecen que se sientan y dicen “por tu culpa estamos jodidos”.

Mientras tanto, en las discusiones se habla de “hay que tener más prescencia, hay que tomar iniciativa, hay que ser la vanguardia de esta revolución” y la horizontalidad se queda en un papelito arrugado que se leyó en los inicios más llamativos de La revolución. El vanguardismo horizontal, el apartidismo de izquierda institucional y el protagonismo que no existe se quedan y bailan al son de La Revolución.

Y así, la maldición Orwelleana se alza por sobre la cenizas del olvido y nos canta al oído una canción fúnebre. Nos recuerda, entre sus letras que la tan cuidada seguridad “interna” no sirve de nada, que hacer caso a esos reclamos desde el fondo de nuestro subconsciente de ser visibles no sirve de nada y solo nos cansan para que nuestro baile se recuerde como un “ejemplo de la juventud y su capacidad de hacer el cambio en la sociedad” como si fuera una oda con un humor negrísimo. Quita la mala sensación de no haber hecho nada, cuando en verdad, solo bailamos en una fiesta de ellos, de los opresores (que curiosamente, terminamos siendo nosotros), tan Orwelleana la vida política en la capital de Jalisco.

Entonces, el cuento sigue contándose, pero nadie lo ve en los medios, aquella revolución se desvaneció ya, la recuerdan como una nota más en un periódico chafa, y abajo, allá abajísimo donde nada se grita sino que se habla y se escucha, se teje algo diferente, algo que revoluciona lento, sin clichés.

* El presente artículo, más que ser una crítica y acusación, es un breve panorama de lo político visible: organizaciones no gubernamentales y asociaciones civiles cooptadas, movimientos sociales ‘bailarines’, subordinación, opresión… y la Maldición de Orwell que se combate día a día y es más fuerte que el Estado.

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