Serena MORENA

Jonathan Ávila Guzmán

Palabras Despiertas.- Durante el último mes de lo que lleva el año, todos esperaban con ansias lo que el líder, casi mesías, de la izquierda conservadora, Andrés Manuel López Obrador, fuera a decir. ¿Y por qué no confesarlo? Yo también esperaba aquel discurso tan elocuente y popular que ha caracterizado a Andrés Manuel, pero lo cierto es que a muchos, no a todos, impactaron sus declaraciones y decisiones.

Convertir a MORENA en un partido político, que si bien, no es una mala opción para la vida política del país, tal como lo propone AMLO, tenemos, casi, la seguridad de que es solo un intento más, al estilo los líderes sociales de izquierda, como tributo del costumbrismo cardenista, de crear un partido político propio para ser el candidato inapelable a la presidencia y poder reclamar fraude, cuando claramente es cierto.

Si bien es cierto, la idea en su sentido más profundo, de convertir a MORENA en un partido, es una idea fascinante y parece el destello, más lejano, de luz en las tinieblas, con sus ideologías de crear una conciencia social, alejarse de los más grandes corruptos del país, depurarse y autocriticarse, e inclusive ser una opción de verdad. Pero es que todo esto se viene abajo al recordar la concepción del PRD.

El Partido de la Revolución Democrática nace en 1989, después de las fraudulentas elecciones de 1988, en donde Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano pierde las elecciones presidenciales misteriosamente, y donde el supuesto ganador es Carlos Salinas de Gortari. Parecía que las acciones de protesta popular y la resistencia civil serian las mejores armas de Cárdenas, pero resulto mirar hacia otra óptica más lejana y pobre, así que un año después, consolida los partidos, movimientos y organizaciones de izquierda para crear el famoso PRD, que si bien, mostró la unión inigualable de la izquierda de finales del siglo XX, resulto ser solo la “farsa” para que Cárdenas Solórzano se siguiera postulando como candidato a la presidencia en tres ocasiones más y al verse perdido en un limbo de derrotas, decide salirse del partido.

Esperemos que López Obrador sea sensato y sepa utilizar a buen juicio sus atribuciones intelectuales, y logre tomar la mejor de las decisiones, puesto que el camino que se ve más claro, es el de la reelección como candidato. Y aunque esto pareciera ser bueno, no es bien visto ante los ojos de la sociedad, pues si bien es cierto, la presidencia es la última instancia para lograr cambios nacionales, la lucha social no requiere de títulos políticos o de estado para hacerse valer como tal.

Pero queda la incógnita, y si López Obrador no se postula para ser presidente por MORENA, ¿Quién será el honorable candidato? de tan beligerante partido.

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