¿Querían su 68, no? Testimonio de una estudiante normalista, Mich. México, Octubre 2012

Pablo Alarcón-Cháires

“Emma” espera con otras compañeras educadoras dentro de la escuela, esperanzada en que el diálogo entre gobierno y dirigentes estudiantiles abra la posibilidad de solución al conflicto. Y es que el acercamiento con las instancia federal que resolvería el problema augura buen término.

Cerca de las 11 de la noche Emma se prepara para lo que parece difícil que suceda: la intervención policíaca en la escuela. De ser así, la estrategia es acercarse a la policía con mantas, solicitar el diálogo y buscar alternativas diferentes a la represión.

La efervescencia por la espera del resultado entre las partes en conflicto desboca cerca de las 12 de la noche con una llamada telefónica de advertencia: se rompió la mesa de diálogo.

Como se ha acordado, la presencia de la policía se anunciará a los habitantes del pueblo cercano para que acudan a apoyarlos. Alrededor de las 3 de la mañana las estudiantes preparan sus mantas, otros encienden fogatas, preparan pertrechos que incluye piedras, palos y bombas molotov. Una tensa calma ocurre en la media hora siguiente. Hace frío y cada estudiante repasa mentalmente lo que tiene que hacer ante la presencia policíaca.

¡Alerta! retumba en la escuela. Emma y sus compañeras toman sus mantas; al acercarse a la policía que ya estaba apostada a las puertas de la escuela, las reciben con una andanada de balas de goma. Empieza el drama dantesco: piedras, cohetes, estallidos de bombas, gritos y consignas se entremezclan y hacen de esa noche un espectáculo sacado de la década de los sesentas. La dotación de coca-colas que llevaban las estudiantes, les sirve para aliviar los efectos del gas lacrimógeno que invade el interior de la escuela; poco a poco empieza a hacer estragos entre sus compañeros. Después de un estira y afloja, la policía logra entrar. Ella y sus compañeras entran al edificio central el cual empieza a ser poblado por heridos. Afuera sigue la hecatombe. Ante la llegada de los uniformados, ella corre con otros compañeros a un salón donde espera lo inevitable, cruzando dedos para no ser encontrada.

Otras compañeras se refugian en la azotea. Después se enteraría que al verse perdidos, los estudiantes hombres formaron un círculo alrededor de las educadoras y recibieron la primera tanda de la furia policíaca.

De repente ahí están ellos, amenazantes, con tolete en mano, chaleco y casco: – al suelo pinche puta-, le dicen mientras arrodillan a Emma y empieza la golpiza a los hombres. La levantan de los pelos y otro policía la patea en un costado. Se la llevan corriendo mientras una cámara de vídeo le toma el rostro; ella se resiste y argumenta que es menor de edad y que no la pueden grabar, a lo que el policía le dice mientras le jala el cabello: -¿ahora si eres menor de edad verdad cabrona?.

La azotan en el suelo junto con otros compañeros. El olor a sangre empieza a inundar el ambiente. Amenazas: – las vamos a violar ahorita que se vaya la prensa -. Afuera de las instalaciones, habitantes del pueblo tratan de ayudarlos aún con la amenaza de la policía de que a ellos les va a pasar lo mismo.

Los paran nuevamente y se los llevan corriendo a una cancha cercana. Ya en el piso y en tono de burla les dicen:- que conste que nadie les está agrediendo-. Forman en círculo a las mujeres mientras los policías continúan su hostigamiento sexual: – a mí déjame a esa de azul, han de ser las putas, vamos a encuerarlas-. Con una vara les pegan, mientras se burlan de ellas.
Después de tenerlas sentadas con la cabeza entre las piernas las sacan a la carretera. En el trayecto es inevitable la nalgada y pellizco del policía, aún cuando ellas van custodiadas por la agrupación femenil policiaca, que igual ha amenazado con golpearlas. -Hay un puño de condones, chínguenselas-, grita quien parece ser un mando policíaco.

Casi amanece cuando a Emma la sientan en un camión con la cabeza agachada entre las piernas. Al ir mojadas por la coca-cola, como tortura los policías abren las ventanas para que sientan el frío. -¿no que muy guerrilleros? Nos los vamos a llevar al cerezo pendejos-, dicen sus custodios mientras golpean al que levanta la cabeza. -¿Querían su 68, no?-, sentencian.
Se los llevan a instalaciones que después sabrían eran de la Academia de Policía. Ahí, ahora las mujeres policías hostigan: -les vamos a enviar a los hombres a que las violen-. Mientras, otros tiran los libros y cuadernos de los estudiantes diciendo: -prefiero ser un “indiorante” a un estudiante-. Una carcajada colectiva de los torturadores.

Sentada, con la cabeza baja, Emma salta ante cada golpe sofocado que se propina a sus compañeros; no ve, solo escucha el gemido arrancado por el dolor. Desde que llegaron hasta las 4 ó 5 de la tarde solo reciben un vaso de agua y media alegría de amaranto. Poco después los suben a un camión y empiezan a escuchar un despliegue policíaco que se efectúa a su alrededor: – ¿A dónde nos llevan?- preguntan los estudiantes. – Se van a Santa Marta pendejos-, les responden y continúan las humillaciones. Llegan a un lugar nuevo: la procuraduría; anochece. Se llevan a estudiantes hombres uno por uno, se escuchan golpes y quejidos. Los dejan acostar pero no dormir: -¿Tú quien eres? ¿la generala Ramona?-, les decían las mujeres policías.

Desde temprano y ante lo que parece “secuestro institucionalizado” y “desaparición forzada” por parte de las autoridades, los familiares que empiezan a juntarse, ocasionan el miedo de la policía: seis madres de familia fueron custodiadas por varias patrullas con policías, los cuales se repliegan “valientemente” a la llegada del magisterio.

– Hijas de su puta madre, a ustedes les va a ir peor, perras-, les prodigan los policías. Después, los padres y madres les recordarían que ojalá tuvieran la misma valentía que tienen con los estudiantes, para con el crimen organizado. Impotentes observan como golpean a estudiantes que recién ingresan. Un padre de familia al cuestionar eso es detenido, al igual que una señora que filma la situación con su celular. Los familiares se sienten traicionados por varios medios de comunicación que tergiversan la realidad, – están “chayoteados”-, dicen. Pero también se sienten traicionados por muchos notarios públicos y abogados que no quisieron asistir a levantar acta de hechos, ni a defender a sus hijos.

Dentro de las instalaciones insistentemente quieren tomarles la declaración a las menores de edad, sin abogado y sin sus padres de familia presentes. – ¿Quiénes son sus líderes?- cómo pregunta central. Llega la Comisión de Derechos Humanos; no supo Emma si era la estatal (que el día anterior había declarado que el desalojo se había cumplido con estricto apego a los derechos humanos) o si era la nacional. Pero a Emma igual le indigna que el médico le insinúe adicción a drogas, que le diga que no es menor de edad y que sus golpes no son nada. Solo el grito de consignas que escucha provenientes de fuera de las oficinas, le da un suspiro de alivio.

Los policías no pierden oportunidad de continuar su hostigamiento: – ya están fichadas, no podrán estudiar, ya no tendrán futuro-. En la espera apenas prueban bocado pues preferían pasarlo a los hombres, a los cuales no les han entregado el alimento enviado por los familiares.

Termina el calvario. Entre vítores y valla Emma recobra su libertad parcialmente. Al salir, una estudiante reconoce al policía federal que la golpeó; espantada y llorando se cobija con Emma. Al enterarse el papá de la estudiante, busca al federal, el cual al ver la situación sube corriendo “valientemente” a las oficinas superiores.

Afuera, en la ciudad, gran parte de la prensa alineada ya había definido su bando. Empresarios, diputados y ciudadanos desconocedores de lo que pasaba, de juicio simple o con deseos represores reprimidos, aplauden la acción gubernamental. Y es que el día anterior había sido anunciado: “la mañana amaneció soleada”.

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