Javier Sicilia. El místico que abandonó su cueva

 MPJD.- ¡Desdichado aquél que esquiva el combate, que trepa temblando y soporta la obediencia ciegamente; el que cierra los ojos, levanta las manos, pliega la espalda y se arrodilla! Dice el Señor: ‘¿qué tengo yo que hacer con este ganado? Yo no quiero ni corderos ni palomas en ese momento. Yo quiero el corazón del hombre, la salvación de la inteligencia en armas’”.

Giuseppe Lanza del Vasto. Epígrafe a El bautista, la primera novela de Javier Sicilia

México, D.F., 12 de noviembre de 2012 ( Emiliano Ruiz Parra)

LOS PAPELES PÓSTUMOS

Antes de partir a Las Filipinas, Javier Sicilia tuvo un presentimiento oscuro. Llamó a su hijo Juan Francisco y le entregó los papeles de la casa, una novela prácticamente concluida y su último libro de poemas. “Le dije a mi hijo: ‘Aquí está esto’, como si yo me fuera a morir, dejándole la responsabilidad. En el fondo había una intuición de que algo podía pasar. En el fondo yo estaba reteniendo a mi hijo, diciéndole: ‘Hazte cargo de todo esto para que no te vayas’”.

*****

El teléfono sonó a las tres de la mañana del 28 de marzo de 2011. Uno, dos, tres timbrazos. Por fin el embajador estiró la mano y levantó la bocina, todavía adormilado, en su recámara de la residencia diplomática mexicana en Manila, capital de Las Filipinas. La llamada provenía de Cuernavaca, en el sur de México, mejor conocida como “la ciudad de la eterna primavera”.

La zozobra demudaba la voz al otro lado del teléfono, pero el embajador no tardó en reconocerla: era su hijo Tomás Andrés, de 27 años. Tomás Andrés sabía que Javier Sicilia dormía a esa hora en la residencia de su padre, a 14 mil kilómetros de Cuernavaca.

—Papá, mataron a Juanelo.

El dolor por la pérdida de su amigo de la infancia invadía a Tomás Andrés. El joven de 27 años le preguntó a su padre, ¿cómo decírselo a Javier?, ¿cómo decirle que a esa hora ya habían reconocido el cadáver de Juan Francisco Sicilia Ortega, cariñosamente llamado Juanelo. El embajador Tomás Calvillo le dijo que él le daría la noticia, colgó el teléfono y se sumergió en un silencio de dos o tres minutos.

Esa noche, por casualidad, Javier Sicilia dormía a unos pasos de la recámara del embajador Tomás Calvillo Unna. Ellos se habían conocido unas cuatro décadas atrás en el Instituto de Humanidades y Ciencias (Inhumyc), un bachillerato dirigido por la congregación de los Misioneros del Espíritu Santo, ubicado enla Ciudadde México. Desde entonces los había hermanado la poesía y la atracción por la figura de Gandhi. Con el tiempo, Tomás Calvillo se convertiría en un académico especializado en relaciones internacionales que, un poco por casualidad, había conocido al presidente Felipe Calderón (2006-2012), a quien le debía su nombramiento como embajador ante Las Filipinas.

Javier Sicilia era el más católico de los poetas y novelistas mexicanos contemporáneos, escritor de un público pequeño y especializado. Desde su primer libro publicado, Permanencia en los puertos (1982), cuando tenía 24 años de edad, hasta el más reciente, Tríptico del desierto (2009), su poesía había girado en torno de un solo tema: la presencia de Dios en el alma del hombre. Fue precisamente ese carácter de poeta católico el que lo había llevado a Las Filipinas. Su amigo Tomás Calvillo quería establecer un puente con los intelectuales católicos del archipiélago y se le ocurrió que el canal idóneo era precisamente su viejo amigo Javier Sicilia. Le comentó su idea a las autoridades del Instituto Cervantes —el prestigioso organismo cultural español que promueve la lengua castellana a nivel internacional— y entre el Instituto Cervantes y la embajada habían invitado al poeta mexicano, quien llegó acompañado de su pareja Isolda Osorio.

El embajador tocó con fuerza la puerta de la habitación de sus huéspedes. Pensó que dormían aún, pero los repetidos timbrazos del teléfono ya habían despertado a Javier y a Isolda.

“Me apena mucho, Javier…”, empezó el embajador a buscar las palabras.

El embajador Calvillo me cuenta la escena con una frase: “Fue toda una conmoción”.

El intempestivo regreso a México fue lento y doloroso. Javier Sicilia carecía de visa para entrar a los Estados Unidos de América. Se había negado a pisar el suelo de un país que, decía, trataba a México como su traspatio. Para evitar un transborde aéreo en los Estados Unidos, su viaje a Las Filipinas, desde México, había requerido dar la vuelta al mundo: hacer una escala en Amsterdam y luego emprender otro largo viaje al sur de Asia. Pero Javier Sicilia no quería encontrarse con las cenizas de su hijo sino velarlo y acompañarlo cuando menos unas horas.

“Tomás Calvillo se movió para que el embajador de Estados Unidos nos diera una visa humanitaria. Pero mientras tanto estábamos ahí sentados, impotentes, dando vueltas a la embajada. Por fin nos dieron una de dos años. La visa estuvo lista pero ya se había ido el vuelo. Tuvimos que esperar doce horas más y por fin pudimos volar. Ahí escribí el poema con el que concluyo mi labor poética (dedicado al silencio de Juan). Fueron dos días amargos”, me cuenta Sicilia.

El presidente dela República, Felipe Calderón, llamó a la residencia diplomática para hablar con Javier Sicilia quien era, además, amigo de la familia de su esposa, Margarita Zavala, y de su mentor político, el fallecido Carlos Castillo Peraza. Se comprometió a esclarecer el crimen en donde había muerto Juan Francisco, en una masacre en donde también fueron asesinadas seis personas más. *****

CUERNAVACA

En el principio fue un arroyo: unas mil 500 personas empezaron la caminata. Unos cuantos kilómetros después se había transformado en un torrente de unos cinco mil gentes recorriendo las calles de Cuernavaca desde la glorieta deLa Palomahacia la plaza principal y, luego de un par de horas, era ya un río potente y caudaloso que llevaba unas 20 mil personas: la mayor marcha en la historia de esa ciudad cuyo clima perfecto la ha convertido en balneario de emperadores aztecas, virreyes españoles y la clase media mexicana dela Ciudadde México.

Todo era novedoso ese sábado 6 de abril de 2011: la causa por la que marchaban, el hombre al que seguían y, también, para muchos manifestantes, era la primera vez que tomaban las calles. Indignación, empatía y gozo eran tres emociones discordantes y encendidas en esa multitud diversa, formada tanto por jóvenes clasemedieros como por campesinos y viejos luchadores sociales de Morelos.

Cuatro años atrás, en diciembre de 2006, el presidente Felipe Calderón había declarado la guerra contra el narcotráfico y había lanzado a los militares a las calles en diversas zonas del país. El resultado hasta entonces: entre 36 mil y 40 mil muertos, unos cinco mil desaparecidos, decenas de miles de desplazados y huérfanos regados en el norte del país y la costa del Golfo de México. Y del lado oficial nada que presumir: ni había bajado el consumo de estupefacientes ni se había debilitado a los cárteles de la droga. Pero hasta entonces Calderón había contado con el consenso de los políticos mexicanos en la política de guerra —los de su partido y la oposición, los de derecha e izquierda— y sólo había enfrentado brotes focalizados de protesta (sobre todo en Ciudad Juárez), pero ninguno a escala nacional. Por ello la causa de esa marcha en Cuernavaca era inédita y urgente: parar la guerra.

Y a la vanguardia de ese cardumen caminaba el líder más improbable de un movimiento social: un poeta retraído, autor de una obra oscura y mística leída por un círculo de admiradores. Se había quitado la habitual camisa de cuadros para ponerse una camiseta estampada con la fotografía de Juan Francisco Sicilia Ortega, su hijo de 24 años asesinado por narcotraficantes que actuaron en complicidad con policías ministeriales.

A su paso, se reclinaba de tanto en tanto en el hombro de algún amigo y ahí lloraba, frente a todos. Se subía al techo de una combi, tomaba un megáfono y reclamaba la mutilación de su alma frente al cuartel del ejército y, unos cientos de metros después, frente a las oficinas de la procuraduría estatal. Cada una de sus lágrimas era una lágrima de todos. Cada uno de sus gritos era el grito de todos. Dos consignas dominaron esa noche: “Todos somos Sicilia” y “Javier Sicilia, somos tu familia”.

El poeta hablaba con un discurso radical y desde el principio propuso acciones de resistencia civil. A su grito de hartazgo “¡estamos hasta la madre!” sumó una exigencia política: “cuando uno manda a la chingada a las autoridades, tiene que cerciorarse de que efectivamente se vayan a la chingada!” Desde esa tarde, sin embargo, contuvo los reclamos contra el presidente dela República. Desdealgunos contingentes se oía la consigna: “Juicio político a Calderón”, a lo que él respondía: “Si se va Calderón tampoco sirve de nada”.

Tras la megamarcha, Sicilia se instaló en plantón enla Plazade Armas, frente al palacio de gobierno del estado, hasta el 13 de abril, cuando se venció el plazo que dio a las autoridades para resolver el asesinato de su hijo. Entonces exigió la renuncia del gobernador del estado de Morelos (del que Cuernavaca es la capital), Marco Antonio Adame, identificado con los movimiento católicos más conservadores y militante del oficialista Partido Acción Nacional (PAN). Esa noche reiteró que renunciaba a la poesía —lo había anunciado desde el 2 de abril— y leyó sus últimos versos, dedicados a la memoria de su hijo Juanelo.

El mundo ya no es digno de la palabra

Nos la ahogaron por dentro

Como te asfixiaron, como te desgarraron a ti los pulmones

Y el dolor no se me aparta.

Sólo tengo al mundo Por el silencio de los justos.

Por tu silencio y por mi silencio, Juanelo.

Habían transcurrido cuatro años desde el inicio de la guerra y por primera vez surgía una voz que Felipe Calderón no podía eludir. El movimiento en ciernes que encabezaba Sicilia, además, denotaba un talante de izquierda, distinto a los “movimientos de blanco” contra la inseguridad que se habían gestado años antes (con dirigentes como Isabel Miranda de Wallace y María Elena Morera) que pugnaban por mayor mano dura y alentaban la militarización.

Por el contrario, al poeta Javier Sicilia se le conocía por sus artículos solidarios con el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), por su oposición a la construcción de un Wal-Mart en Cuernavaca, por su solicitud reiterada de someter a juicio político al gobernador de Oaxaca, Ulises Ruiz, en cuya administración fuerzas paramilitares asesinaron a 22 opositores, entre ellos al periodista estadounidense Brad Will. Javier Sicilia apostaba por el movimiento social con una agenda democrática: para parar la guerra había que participar políticamente y tomar las calles. Detrás de un poeta místico pronto se activó una protesta nacional.

*****

EL ESCAPULARIO DE MI MADRE

Vale la pena retroceder unas horas ese mismo 6 de abril de 2011. Antes de dirigirse a Cuernavaca para encabezar la marcha contra la guerra, el poeta Javier Sicilia y el presidente Felipe Calderón se reunieron en privado en la residencia oficial de Los Pinos. He aquí el relato de la reunión del propio Javier Sicilia:

Yo no conocía a Felipe Calderón antes de que fuera presidente. Sí había tenido una intimidad, una amistad con la familia de su mujer, de Margarita Zavala. A ella no la conocía, sino a su hermano Juan Ignacio Zavala.

Unos días después de la muerte de mi hijo yo estaba cenando en casa de Juan Zavala y su esposa María Scherer y llamó el presidente. Habló con su cuñado y después me lo pasaron.

“Estamos en las mismas, seguimos en la indagatoria”, me dijo Calderón.

“Yo quiero verlo a usted, pero no quiero verlo como presidente, quiero verlo como Felipe Calderón y que le hable Javier Sicilia”, le pedí.

Y me recibió justo antecito de la marcha en Cuernavaca. Hablamos como dos personas. Fue una reunión muy bonita que ayudó mucho al proceso, a lo humano, el cara a cara como yo lo llamo.

Le dije: “Quiero hablarte de tú. Serás el presidente allá afuera, pero ahorita quiero hablar con la persona, contigo. Yo digo cosas muy horribles de ti. Afuera la demonización política es terrible y yo no quiero cargar con un demonio, no quiero cargar con imágenes construidas por procesos ideológicos y tú vas a oír de mí quién sabe cuánta chingadera. Y a mí me van a demonizar. Por eso hoy quiero oír a Felipe Calderón y quiero que oigas a Javier Sicilia, quiero que veas quién soy con mis debilidades y fortalezas, porque vamos a venir acá”. Y Hablamos como dos personas.

Felipe empezó: “Cuéntame tu vida”.

Se la conté.

“Ahora cuéntame la tuya”, le pedí.

Hubo un momento en que le dije: “Ya que somos de la misma secta, que esla Iglesiacatólica, que mamamos del mismo pecho, que es el evangelio, quiero decirte que vine como Nathan a ver a David”.

(Sicilia abre un paréntesis para contarme la historia bíblica):

Nathan es el profeta y David es el rey. Era la época de múltiples esposas y David tenía muchas mujeres, pero le gustaba la mujer de Urías, uno de sus capitanes, y se la quería quedar. E hizo una cosa perversa: mandó a Urías al lugar de batallas más cabrón. Lo matan y David se queda con su mujer.

Nathan se encabrona y va a verlo. Le cuenta una parábola: “había un pastor que tenía mil ovejas, y había otro que tenía una sola, y a este güey le gustaba, lo mandó matar y se quedó con la oveja”.

Y David que era un hombre ético, ambiguo como todo rey, se indigna y dice: “¡es un acto de injusticia! ¿quién es?” Nathan le dice: “eres tú”. Y es cuando viene ese acto de David que se desgarra las vestiduras, se echa ceniza. Hace un acto de expiación.

(Hasta aquí la historia bíblica de Nathan. Continúa el relato de la reunión de Sicilia y Calderón).

Felipe dijo: “No me llevé a la mujer de nadie”.

“No, pero te llevaste a mi hijo y los 40 mil muertos son responsabilidad tuya”.

Se dobló y me dijo: “no puedo dar marcha atrás”.

“Debías de hacerlo”, contesté.

Luego le regalé un escapulario que era muy querido para mí porque me lo había regalado mi madre.

“Te lo voy a devolver”, me dijo Felipe.

“Me lo devolverás cuando se termine la guerra”, le contesté.

Ahí nos tocamos como dos seres humanos.

Y eso ayudó mucho al proceso.

Es a lo que le estoy apostando cuando abrazo a alguien. Trato de no mediarlo.

Sicilia concluye la narración del encuentro con el presidente esa mañana del 6 de abril. Yo le advierto: “Calderón nunca va a rasgarse las vestiduras”.

“Esperemos que sí”, dice.

 *****

MEXICANOS AL GRITO DE GUERRA

Es un personaje tristemente relevante de esta historia: con complejo de inferioridad, se rodea de personajes de menor estatura intelectual, política e incluso física, a quienes prohibió brillar más que él [1]. Hombre de exabruptos, practica el regaño hiriente, exige lealtad incondicional y le exaspera la crítica. A sus 44 años, declaró una guerra contra el narcotráfico que costó 60 mil muertos: me refiero al presidente Felipe Calderón Hinojosa (2006-2012).

De no haber sido por la guerra contra el narcotráfico, su presidencia habría pasado sin pena ni gloria, como un simple administrador de la inercia del país. Burócrata de toda la vida del Partido Acción Nacional (PAN), el partido de la derecha mexicana, Calderón llegó a la presidencia de la república con una ventaja de apenas 0.56 por ciento de los votos sobre el candidato de la centroizquierda, Andrés Manuel López Obrador, quien reclamó fraude electoral —sin aportar pruebas— y sacó a cientos de miles de personas a protestar en las calles de la ciudad de México.

En diciembre de2006, alos pocos días de su toma de protesta, Calderón declaró una “guerra contra el narcotráfico” que consistió en sacar de los cuarteles al Ejército yla Marina—entrenadas en el uso letal de la fuerza— para combatir a las bandas de narcotraficantes. A ellos se agregaría una Policía Federal militarizada que creció de unos doce mil a 36 mil miembros durante el sexenio.

Calderón esgrimió razones morales y políticas. Dijo que quería evitar que “la droga llegara a nuestros hijos”. En otra oportunidad habló de una metástasis o infiltración de la delincuencia organizada en los cuerpos policiacos municipales y estatales, por lo que sólo las fuerzas federales podían combatirlas. Ciertamente, en regiones específicas del país los grupos del crimen organizado habían penetrado las estructuras políticas y policiacas de los gobiernos estatales y municipales, confundiéndose con ellos. Pero al mismo tiempo México mostraba una tendencia sostenida de reducción de la violencia desde 1992. Para 2007 llegó a un mínimo de ocho homicidios por cada 100 mil habitantes, lo que lo convertía en uno de los países menos violentos de América Latina. El consumo de drogas en el país no había subido significativamente tampoco.

Lo cierto es que ni Calderón ni sus más cercanos colaboradores ofrecieron una explicación clara de por qué se lanzaba a las fuerzas armadas a una guerra en el territorio nacional. Los mexicanos nunca supieron objetivos, indicadores ni etapas. Nunca quedó claro quién era el enemigo. Pero empezaron a abundar las ejecuciones. El discurso oficial era simple: los narcotraficantes se matan unos a otros en disputa por rutas de paso de la droga y de “plazas” o regiones del país en donde controlaban delitos como secuestros y extorsiones.

Ni el Congreso, ni los partidos de oposición y ni siquiera los intelectuales cuestionaron la guerra. Calderón gozó, durante algún tiempo, de un consenso de la clase política y de un sector de la opinión pública que le dio a su gobierno una fortaleza política con la que sustituyó el estigma de ilegitimidad de su elección.

Las “ejecuciones entre narcos” se convirtieron en la noticia más frecuente en los diarios. Las estadísticas mostraron que a donde iba el ejército, la marina y la policía federal, la violencia se disparaba. Fernando Escalante, investigador del Colegio de México, estudió con detalle las variaciones en la tasa de homicidios por estado y municipio en 2008 y2009, ados años de la militarización del combate al narcotráfico.

“La tasa se dispara a partir de la fecha de despliegue del ejército… Sigue el ejército patrullando Tijuana y Ciudad Juárez y el resto de Chihuahua. Sigue desplegado en Guerrero, Michoacán, Sinaloa, Nuevo León y Tamaulipas y la tasa de homicidios para ese conjunto de estados se dispara: no sólo viene a ser mucho más alta que la del resto del país, sino que alcanza un máximo histórico”, escribió Escalante en la revista Nexos (“La muerte tiene permiso”, 1 de marzo de 2011).

Son elocuentes las tasas de homicidios por cada 100 mil habitantes de Chihuahua, estado fronterizo con Estados Unidos en donde se desplegó a las fuerzas armadas en marzo de 2008: En 2007 la tasa era de 14.4; se había incrementado a 75.2 en 2008; volvió a subir a 108.5 en 2009 y alcanzó un pico de 148.9 en 2010, justo los años de presencia militar a través del Operativo Conjunto Chihuahua.

De estos números surgen diversas preguntas: ¿Por qué la presencia de las fuerzas armadas multiplicó la violencia por diez? ¿Las ejecuciones sólo se explican porque los narcotraficantes se mataban entre sí?, ¿y lo hacían en las narices de miles de soldados, marinos y policías federales? ¿Por qué nunca se investigaron esos asesinatos?

La Organizaciónde Derechos Humanos estadounidense Human Rights Watch (HRW) documentó que entre diciembre de 2006 y diciembre de 2010, con 35 mil ejecuciones atribuidas a pleitos entre narcotraficantes, “sólo mil habían sido investigados por las autoridades federales; de estos sólo había 330 culpables detenidos y únicamente 22 habían sido sentenciados”, dice en el informe titulado: “Ni seguridad ni derechos. Ejecuciones, desapariciones y tortura en la ‘guerra contra el narcotráfico”, que el 10 de noviembre de 2011 se entregó a Calderón.

Continúala ONG: “HRW pudo observar que existe una política de seguridad pública que fracasa en dos aspectos. No sólo no ha logrado reducir violencia sino que además ha generado un incremento drástico de violaciones graves de derechos humanos que casi nunca se investigarán adecuadamente. En vez de fortalecer la seguridad pública, la guerra desplegada por Calderón ha conseguido exacerbar un clima de violencia, caos y temor en muchas partes del país”.

*****

EL POETA QUE SE ECHÓ UNA CRUZ AL HOMBRO

El auténtico protagonista de esta historia, Javier Sicilia, encaja en la definición de carácter medio del que hablaba el novelista y biógrafo austriaco Stefan Zweig. La historia, ese gran demiurgo, decía Zweig, se vale de la desgracia para arrojar a esos a caracteres medios a responsabilidades de mayor relevancia y, así, exaltar sus capacidades latentes (y, agrego yo, también sus defectos):

“Destinado a una pacífica forma de vida, el carácter medio preferiría vivir tranquilamente y en la oscuridad, al abrigo de los vientos y con el destino de mesurada intensidad. Por eso se defiende, por eso se espanta, por eso huye cuando una mano invisible lo lanza hacia la agitación. No quiere responsabilida­des de Historia Universal; por el contrario, las teme. Pero a veces el destino puede trastornar la existencia de uno de tales hombres medios y, con su puño dominador, lanzarlo por encima de su propia medianía […] La tensión trágica no se produce sólo por la desmesurada magnitud de una figura, sino que se da también, en todo tiempo, por la desarmonía entre una criatura humana y su destino”.

En abril de 2011, cuando lo entrevisté por primera vez, le pregunté cómo había sido su conversión de poeta a dirigente de masas: “Como una cruz. No lo esperaba. No lo quería. No quiero que se me vea como un dirigente de masas sino como una voz moral”. En aquel entonces escribí que era el primer poeta místico que se veía forzado a salir de su cueva y pastorear una grey: detestaba que lo llamaran líder y le pesaba serlo. No quisiera encabezar marchas sino hacer novelas. No quisiera pronunciar discursos sino escribir ensayos. No quisiera celebrar reuniones sino animar conversaciones.

Sicilia había vivido la existencia pacífica de un poeta cuyas batallas eran intelectuales. Sencillo, siempre se vestía igual: botas de motociclista, pantalones de mezclilla gastados, camisa de cuadros o a rayas y se cubría con un chaleco de pescador en cuyos bolsillos no faltaba uno o dos paquetes de Delicados con filtro. Friolento, siempre cargaba con una chamarra, de preferencia una café de borrega que le había regalado su hijo Juan Francisco.

Nacido en 1956 en la ciudad de México, Sicilia fue el segundo de cinco hermanos —dos han muerto ya— que crecieron en la calle Cerro del Cubilete en la colonia Campestre Churubusco.  El asesinato de su hijo no fue la primera tragedia que enlutó su vida. Su hermano Óscar Ricardo y sus sobrinas Ana y Paola murieron en un accidente automovilístico, y su hermana mayor falleció de cáncer en el hígado.

De su padre Óscar Sicilia heredó el evangelio y la poesía. A los quince años, recibió de él una edición bilingüe de Las flores del mal. “Léelo y ámalo, porque yo lo tuve que leer a escondidas”, le dijo. Pequeño empresario, era socio de una maquiladora textil con la que le dio a sus hijos una vida de clase media. Óscar Sicilia era un poeta que no escribía sino declamaba sus versos —compilados en la colección Bajo el árbol del Drago— y que los fines de semana iba a los hospitales a confortar desahuciados. Su madre, Catalina Zardaín terminó la carrera de Químico Fármaco Bióloga.

Javier Sicilia estudió la preparatoria en el Instituto de Humanidades y Ciencias (Inhumyc), un colegio de los Misioneros del Espíritu Santo, en donde conoció a dos amigos entrañables, los jóvenes poetas Fabio Morábito y Tomás Calvillo. A Javier le apodaban el Fantasma porque aparecía y desaparecía de repente. Era tímido y apartado, pero pronto se volvió entrón e incluso incursionó como actor amateur.

Al terminar el bachillerato se fue a vivir seis meses a Huayamilpas, una colonia obrera en la periferia de la ciudad de México, habitada por invasores de terrenos, y a donde una comunidad de religiosos jesuitas amigos de su padre se habían establecido para hacer trabajo social. Sicilia, con Fabio Morábito y Federico Gaxiola, que lo acompañaron en la aventura, quería vivir una experiencia en un sector popular. En aquella época coqueteó con las ideas dela Teologíadela Liberacióny después ingresó a un seminario, con el objetivo de volverse jesuita, pero entonces conoció a Socorro Ortega, Cocó —quien se convertiría en la madre de sus dos hijos— se enamoró y no volvió a pensar más en el sacerdocio.

Estudió Letras Francesas enla Facultadde Filosofía y Letras dela UNAMy dedicó su tesis de licenciatura a la poesía de Saint-John Perse, su primer modelo poético y a quien imitó en sus poemas más tempranos, ambientados en Córdoba y Veracruz (en donde su familia materna, de origen español, se había establecido para producir café). Después la lectura de San Juan dela Cruzle daría el tema definitivo en su obra poética: el misterio de Dios en el alma. Sus primeros poemas —liras encabalgadas— son reescrituras del Cántico espiritual.

Entre sus autores preferidos, además de San Juan dela Cruz, se agregan Paul Celan, Iosif Brodsky, T. S. Eliot, Ezra Pound, George Bernanos, Graham Greene y el evangelio de Marcos. Además de nueve libros de poesía, ha publicado seis novelas y dos biografías. Como novelista, como dice uno de sus amigos más cercanos, el narrador Francisco Rebolledo: “carece de la argucia del novelista”. En efecto, sus novelas no se destacan por la creación de suspensos y de tramas, sino que son vehículos para expresar ideas.

Casado con Cocó y con ilusiones de emigrar de la capital de la república para darle una mejor calidad de vida a sus futuros hijos, buscó establecerse en Oaxaca pero no encontró trabajo ahí. Itineró con su currículum bajo el brazo en diversas ciudades del país sin mayor éxito, hasta que un tío suyo le consiguió trabajo en el Instituto Mexicano de Tecnología del Agua, en Cuernavaca, en donde su tarea consistió en corregir la prosa intrincada y llena de anglicismos de los ingenieros. Eran las épocas en que usaba cabello largo y practicaba el vegetarianismo —que le provocó una anemia—, y amaba el dominó y el futbol (ahora no sabe si volverá a disfrutarlos, porque son aficiones que compartía con Juanelo y que inevitablemente asocia con él).

Gracias a los buenos sueldos del IMTA se compró una casita en un barrio clasemediero de Cuernavaca y, robándole horas al trabajo, escribió sus primeras novelas. Dejó ese empleo cuando una orden religiosa lo contrató para escribir la biografía de Concepción Cabrera de Armida, titulada La amante de Cristo. Desde entonces su sustento ha dependido de los trabajos que consigue y que alterna con la escritura: editor, guionista, traductor, profesor, tallerista, articulista y becario del Sistema Nacional de Creadores, al que todavía pertenecía en 2012.

En su juventud, Javier Sicilia soñó con establecer una comunidad ideal en unos terrenos de Morelos, una suerte de ashram gandhiano con el nombre de Arca (por el Arca de Noé), a imitación del Arca que fundara el filósofo italiano Giuseppe Lanza del Vasto en la campiña francesa. Sicilia, con su esposa Cocó y sus hijos Estefanía y Juan Francisco, habían pasado tres meses en el “Arca Madre” de Laborie Noble. Con el sueño de replicar esa experiencia en México, Sicilia convenció a alumnos y amigos, recabó dinero y compró un terreno en Oacalco.

Pero los jóvenes empezaron a desertar y sus hijos tampoco se fascinaron con esa vida rural y apartada. El proyecto fracasó, vendieron el terreno y todos regresaron a sus vidas urbanas. De esa experiencia, sin embargo, surgió la revista Ixtus, dirigida por Sicilia, como expresión del Arca hacia el exterior. Con los años, Ixtus cerró para dar paso a Conspiratio, que tuvo una vida de 15 números y que en febrero de 2012 vio la luz por última vez. Sicilia buscaba, entonces, relanzar Ixtus, aunque no tuviera ya ninguna relación con el proyecto del Arca.

 *****

ZÓCALO RECUPERADO

El periodista René Delgado, director del diario Reforma, lo comparó con el flautista de Hamelin. Javier Sicilia salió el 5 de mayo de 2011 en una marcha silenciosa rumbo a la ciudad de México. En el punto inicial, la glorieta deLa Paloma, en Cuernavaca, lo seguían 200 personas. Dos días y65 kilómetrosdespués, la tarde del 7 de mayo, entró al campus dela Universidad NacionalAutónoma de México (UNAM) —al sur de la capital del país— con unas mil 500 personas detrás. Su destino estaba todavía a 20 kilómetros: el Zócalo dela Ciudadde México, el corazón histórico y político del país, una explanada en donde caben 100 mil personas.

Muchos capitalinos son hostiles a las manifestaciones. Pero ese 8 de mayo atestiguamos un fenómeno tan inusual como emocionante: los vecinos abrían sus ventanas y balcones para saludar y aplaudir la marcha. Muchos fueron más allá: abrieron las puertas de sus casas, prestaron sus sanitarios y ofrecieron agua, sándwiches y naranjas a los manifestantes.

Diversa, nutrida por igual de clasemedieros y de estudiantes de universidades públicas; de contingentes simbólicos de la izquierda como los ejidatarios de San Salvador Atenco, la policía comunitaria y campesina de Guerrero y los representantes del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Al frente iba Javier Sicilia con un contingente compacto que marchaba en silencio en señal de luto: una variopinta mezcla de clérigos católicos como Alejandro Solalinde y Miguel Concha, un líder mormón que cargaba la bandera nacional, Julián Le Barón, y otro padre doliente, Eduardo Gallo, recordado por haber capturado él solo a los secuestradores y asesinos de su hija ante la inacción de las autoridades años atrás.

Parar la guerra. Y el Zócalo se llenó. Miles de personas escucharon los relatos desgarradores de las víctimas: hijas que nunca regresaban a casa; soldados asesinados tras denunciar la corrupción de sus mandos; madres que habían perdido hasta cuatro hijos —asesinados o desaparecidos— y una cadena de dolor que se visibilizaba por primera vez en el epicentro nacional. La tragedia y la esperanza habían provocado la movilización más exitosa en muchos años.

Al tomar el micrófono, Sicilia demandó un gesto de buena voluntad al gobierno: la renuncia de Genaro García Luna, el secretario de seguridad pública que se atribuye el haber diseñado la estrategia de militarización del país. La plaza aclamó la propuesta y al otro día los periódicos publicaron la exigencia a ocho columnas. Luego el poeta afirmó que la estrategia militar había provocado “una guerra civil donde mexicanos matan mexicanos, generando 40 mil ejecuciones en lo que va del sexenio”. Y añadió: “un componente fundamental que explica esta escalada de violencia y guerra es la enorme corrupción y su infiltración en el Estado en todos los niveles”.

Sicilia leyó un documento de seis puntos  —donde destacaban los puntos dos y seis: poner fin a la estrategia de guerra y reformar el sistema político para alentar la democracia participativa— y convocó a firmar un pacto nacional en Ciudad Juárez, a la que llamó “el epicentro del dolor”.

En poco más de un mes, un padre de familia doliente había convertido su luto personal en el desafío político más importante para el gobierno dela Repúblicay su jefe, Felipe Calderón.

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Un comentario en “Javier Sicilia. El místico que abandonó su cueva

  1. Les comparto mi poema, dedicado a . . .

    EL GRAN SICILIA

    Que triste desgracia, la del gran Sicilia,
    la pena de su alma, nadie reconcilia,
    se fue su querer, su entraña, su ser,
    ha perdido al hijo de su amanecer.

    Su sangre, su vida, lo que era su huella,
    pasó a ser motivo, un ángel, su estrella;
    su amor, su pasión, convierte en palabra,
    su quebranto llora, le duele lo que habla.

    Expresar pausado, sensible, calmado,
    corazón, un hueco apesadumbrado,
    tragedia que empaña al hombre más fiel,
    abrigo curtido que cubre su piel.

    Un sombrero tapa su humilde cabeza,
    del cerebro brota toda su entereza,
    ya su pensamiento vaga por el mundo,
    pregona justicia, la ley es su rumbo.

    Adoptó el camino que lleva a la paz,
    véanle su cuerpo, su barba, su faz,
    sus pies, sus zapatos, que siguen en marcha,
    sus ojos infaustos se llenan de escarcha.

    Hoy, su sensatez, está más que alerta,
    al gobierno pide . . . ¡por Dios, ya despierta!
    la voz del poeta se vuelve exigente,
    de su pecho brota reclamo valiente.

    Más, nadie lo oye, ¿porqué nadie escucha?,
    sus quejas al aire, ¿es vana su lucha?,
    no teme amenazas, ni a la propia muerte,
    él es guía y líder de conciencia fuerte.

    Autor: Lic. Gonzalo Ramos Aranda
    México, D. F., a 09 de julio del 2012.
    Reg. INDAUTOR No. 03-2012-083012362100-14

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