Requiem por un niño palestino

Luz Marina López Espinosa

Libertad y Concordia.- La poeta murciana y combatiente en la guerra civil española –del lado justo- Carmen Conde, escribió el poema en prosa Mientras los hombres mueren donde trata de los niños muertos en esa guerra. Y allí se pregunta: “Ningún aviador enemigo tiene niñitos que levanten sus manos al viento de las hélices?  ”No” se responde. “El enemigo no parece padre, y acaso es huérfano también”.

Qué mejor descripción del ser humano que en excusa de la guerra –pésima excusa-, asesina un niño. En Colombia las gentes del común, sin pretensiones literarias,  han adoptado el mismo concepto cuando frente a una de tantas atrocidades que aquí se cometen, sólo atinan a decir: “Ese no tuvo madre”.

La amiga de Carmen, la premio Nobel Gabriela Mistral, ya había escrito una bella metáfora sobre la madre que lleva a enterrar a su hijo dormido:

“Y la tierra ha de deshacerse en suavidades de cuna al recibir tu cuerpo de niño adolorido.

El arte universal y desde siempre, se ha ocupado de esa terrible aberración, los niños como objetivo militar, las tiernas carnes despedazadas por uno de tantos artefactos mortíferos que el hombre inventó para aplicarle al que sentencia su enemigo. El cine, la literatura, la pintura entre otros, se levantan y rescatan lo mejor de la condición humana frente a un hecho que revela lo peor de la condición humana. Es la dialéctica perpetua de la vida confrontando la muerte que campea, el bien tratando de espigar frente al mal que lo aplasta, la justicia esforzándose por descollar frente a la injusticia que se le impone.

Es lo que nos queda. Es el consuelo. Tal la importancia del Arte para la humanidad.

Lo anterior, a propósito de las repetidas imágenes que por estos días laceran ojos, oídos y espíritu de hombres y mujeres que reivindicándonos humanos –y no es un pleonasmo-, nos negamos a aceptarlas: la de los pequeños cuerpos de niños palestinos, con primor y pobreza apretadamente envueltos como un recado navideño, destino a la tumba  por un proyectil israelí. A veces no es esa imagen rodeada de bocas y ojos abiertos  llenos de ira y de dolor que nos remiten al Guernica, sino el tendal sobre el suelo cubierto con un rústico mantel, de cinco, seis  o diez niños despedazados.

Nos resistimos a aceptar tan atroces crímenes, cuanto más cuando vemos la férrea coraza con que los poderes del mundo los ocultan, desmienten, tergiversan. Así, esas imágenes no nos llegan desde los poderosos y omnipresentes medios de comunicación que enlazan en tiempo real al mundo entero, y lo “informan” al instante. Y cuando con desgano lo hacen –cómo se nota que no tuvieron más alternativa-, esos niños muertos, esas troneras en la cabeza, esas piernas que no están, no son crimen alguno. Palabras pías, eufemismos, ambigüedades, lugares comunes, los justifican. Hablan entonces de “enfrentamientos”, de “conflicto” entre dos naciones, de víctimas de lado y lado, de 100 muertos de ambos bandos, sin aclarar claro,  que son 100 de uno y uno del otro. Ah! y hablan del terrorismo y de los terroristas, palabra mágica que pretende santificar el terrorismo.

Pero la verdad es que el manejó informativo que los poderes del mundo hacen de ese crimen espantoso, sólo consagra una de las más pavorosas realidades que la humanidad ha vivido desde mediados del siglo XX hasta hoy: el exterminio decretado y aceptado sin oposición de ninguno de esos poderes, del pueblo palestino. Población a la que no se la reconoce ni admite como titular de derechos, comenzando por el de sentar su planta en lugar alguno de la tierra, menos donde históricamente nació y ha vivido por milenios. Lo único que se le concede, es que  viva como paria en tierra ajena, en carpas en campos de refugiados. Sometida, sin gobierno y extinguida como entidad cultural, política y racial.

Y dentro de ese exterminio, hecho demasiado vergonzoso como para admitirlo, el asesinato de niños  es propósito prioritario. Si no bastara la tozuda y estremecedora  realidad –ya está sentado que el principal argumento es la realidad-, remitámonos a las explicaciones de los verdugos de la macabra labor: esos niños son terroristas, o en todo caso lo van a ser, y de cualquier modo, están en compañía de terroristas. Y para mayor abundancia en la justificación, añaden,  si hubiera algo reprochable en esas muertes, es culpa de los padres por usarlos de escudos en sus propias casas, sus propias calles, propios jardines y colegios.

Son el poder abierto y el oculto que gobiernan el mundo, los responsables de ese estado de cosas y de la infame presentación que de él se hace. Y estos poderes tienen nombre: son los Estados Unidos de América, la Unión Europea, los estados satélites de uno y otra, sus Bancos de Europa y Mundial, Fondo Monetario Internacional, su ONU con sus organismos, Consejo de Seguridad arrogándose el poder de la vida o de la muerte de cualquier poblador del planeta, su Comisión de Derechos Humanos absolviendo los crímenes de los amigos y condenando toda forma de defensa de los enemigos, la Corte Penal Internacional con su misión ídem, la Corte Internacional de Justicia igual, etc., etc., etc.   Entidades todas expresión en su más alto poder decisorio, de la más agresiva y violenta forma de racismo que haya conocido el mundo: el sionismo. Que en aras de realizar su designio de dominar al mundo entero, ocasionará la tercera guerra mundial. Por eso aún en Israel, personas y  organizaciones judías  repudian la siniestra ideología.

La verdad es que el territorio palestino, Gaza y Cisjordania, de ser el más grande campo de concentración existente en mundo, pasó a  serlo de exterminio decisión de Israel gobernada por los sionistas y aprobada por los poderes que ya se dijo le son funcionales. La más contundente muestra de esta aprobación, es la impunidad absoluta que cubre los múltiples episodios del exterminio. Que a cualquier otra nación –salvo los Estados Unidos para quien es rutina-, le ocasionaría inmediata invasión y bombardeo de “la comunidad internacional”. O si no, que hablen las masacres de Shabra y Shatila, la de Jenin, la operación contra Gaza en el 2007 con sus 1.500 muertos -casa por casa- el ataque y asesinatos contra la flotilla internacional La Libertad que llevaba ayuda humanitaria a la población en agonía, y el horror del bulldozer destrozando el cuerpo de la activista de derechos humanos norteamericana Rachel Corrie que se interponía entre el monstruo y la casa habitada que iba a derribar. Ni siquiera al gobierno de Estados Unidos le importó el crimen de la joven heroína.

Y si hubiere duda de la confabulación del mundo -de sus poderes- con ese tenebroso mandato de exterminio de una población y una cultura, pregúntenle al premio Nobel de Paz 2011 Barak Obama qué piensa de ello,  y les dirá que maravilloso. Y después al premio Nobel de Paz 2012 la Unión Europea qué de ello opinan, y les responderá que maravilloso.

Suficiente lo anterior  para asumir la certidumbre del abismo infranqueable que nos separa  a nosotros que tenemos derecho de llamarnos la Humanidad, de quienes nos gobiernan en nombre de ella. Por eso las calles y las paredes del mundo, desde hace años gritan el justísimo “No en nuestro nombre”, cuando esas ONUS, OTANES,  OEAS, UNIONES EUROPEAS y hasta países militarmente insignificantes como Colombia, decidieron arrasar pueblos, naciones y naturaleza, bajo la impostura mil veces desmentida de hacerlo empoderados de nuestros intereses.

Las masacres así las llamen guerra -y en legítima defensa para mayor oprobio- no dejan de ser tales así sea en Gaza. Y aunque los mass media  nos digan que allí no las hay; sino conflicto ejem… y que en estos ejem… siempre hay resultados no queridos, y que qué culpa tiene el soldado que dispara ejem…..  si la cabeza del niño se atraviesa. …
Porque quien haya tenido madre, no puede matar niños. Así sean palestinos.

¡Nuestro corazón y nuestra sangre están con  Palestina!

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