De números y personas

Isaac Sánchez

Lo más probable es que muchos de ustedes no sepan quién soy a ciencia cierta. Lo más probable es que no tenga mucha importancia porque aún así nos vamos a entender. Nos vamos a entender porque, de alguna manera, todos nosotros estamos viviendo cosas similares. De alguna manera, todos somos hermanos, hermanas, tíos, tías, hijos y padres; le tenemos afecto a alguien.

Nos vamos a entender, porque quizá cada noche la mayoría de nosotros nos preocupamos si alguno de nuestros cercanos anda ahí afuera, caminando la calle, porque quizá la mayoría de nosotros nos sobresaltamos por ruidos fuertes durante la noche temiendo que alguien se hubiera metido a la casa o porque confundimos ocasionalmente los fuegos pirotécnicos de las iglesias con balaceras en calles cercanas. Ojalá me esté equivocando, pero casi seguramente la mayoría salimos a estudiar o a trabajar en un bus cuya parada está oscura durante la madrugada y uno piensa que todo puede pasar en un lugar así. De alguna manera, nos vamos a entender porque nos damos cuenta que esta ciudad es más insegura y violenta que antes y quizá algunos aún recordemos con nostalgia esas infancias en las que podíamos jugar al futbol hasta el anochecer o quedarnos sentados en la banqueta platicando adolescencias de todo tipo, cuando no teníamos razones para tener miedo casi todos los días.

Ojalá me equivocara, ojalá nada de lo que digo fuera cierto, en el 2007, cuando se declaró oficialmente la guerra contra el narcotráfico, el Sistema Nacional de Seguridad Pública y la PGR contabilizaron setenta homicidios perpetrados por el crimen organizado y ochenta y nueve asesinatos no relacionados en Jalisco. Desgraciadamente la cifra creció tanto, que en 2011 se contabilizaron seiscientos veintidós asesinatos del crimen organizado y mil doscientos veintidós asesinatos dolosos en el Estado.

El miedo a las calles no sólo está en el asesinato, quizá sea demasiado vago pensar que nos van a matar así nada más. Los robos se han incrementado exponencialmente y precisamente, en agosto pasado se actualizó el Registro Nacional de Datos de Personas Extraviadas o Desaparecidas, donde se datan 1,259 personas desaparecidas en la zona centro de Jalisco. Eso quiere decir que 6 de cada 10 desapariciones en el Estado ocurren en la Zona Metropolitana de Guadalajara.

Según la Comisión Estatal de Derechos Humanos Jalisco en 2007 recibió 3058 quejas por violaciones a los derechos humanos. Para el 2010, la misma comisión reportaba 12,118 quejas con un descenso mínimo durante los próximos años.

Es aún más difícil la situación, o más exactamente, es más díficil imaginar un futuro menos oscuro y peligroso cuando la respuesta más común entre nosotros es en quedarnos en los números, nos hemos quedado con la idea de que un número no importa tanto si no es inmenso. Como una forma de distanciarnos de la posibilidad de imaginar lo que significa una desaparición. La sociedad nos hemos objetizado, ya no somos capaces de sensibilizarnos o empatizar con aquellos a quienes no conocemos, prueba de esto es que el tercer periódico con el tiraje más grande en México sea el Metro, imprimiendo -según investigación de Julio Castillo Rosas- 146,531 ejemplares diariamente, siendo que un periódico de precio similar como Milenio Diario imprime apenas 78,753 ejemplares diarios.

Foto: Andrés Sánchez
Foto: Andrés Sánchez

El uso de las desgracias humanas para la burla y el sadismo gráfico ha superado a todos los periódicos más o menos serios del país. Nos hemos ido haciendo más duros y menos receptivos a las tragedias de cientos y miles de familias que sufren la guerra directamente: muertos, desaparecidos, robos, secuestros y violaciones. El odio y el desprecio está absorbiendo nuestra cotidianeidad, pocas veces la gente se ayuda entre sí en casos como los mencionados atrás; una víctima de la guerra ¿necesariamente es un criminal, su familia deberá de cargar con la ausencia de un familiar desaparecido misteriosamente solo porque la sociedad considera -sin estar siquiera segura- que ese familiar lo merecía?

El 22 de noviembre del 2011 aparecieron veintiséis personas asesinadas por estrangulación y contusiones de tercer grado en la cabeza, aparecieron en camionetas donde los Arcos del Milenio en la ciudad de Guadalajara. Por ése entonces yo tenía 18 años recién cumplidos y vivía en la colonia Arcos Sur. El día que sucedió aquello me fue inevitable temer; ésa colonia fue testigo de mucha violencia por asaltos, robos a casa y otro tipo de ultrajes.

Convocamos a una marcha a la que asistieron más periodistas a cubrirla que personas a acompañarnos entre nosotros en la corta ruta silenciosa, llena de velas desde la Minerva hacia los Arcos. Fue una marcha fúnebre, porque una marcha por quienes han muerto no puede ser irrespetuosa al ya de por sí perturbado descanso de nuestros muertos. Ninguno de los asistentes conocía o sabía absolutamente nada de quienes habían sido asesinados, más eran nuestros hermanos. Fue una marcha triste donde solamente nos detuvimos en silencio a hacer un homenaje a ellos, a sus familias y reconocerlos como personas y no como narcotraficantes.

Este año, hace unos meses conocí a una vecina de uno de ellos. La madre perdió el control sobre sí misma al morir su hijo, dicen que perdió la cabeza por el dolor. Ésa marcha fue silenciosa porque sin el silencio es imposible escuchar, comprender, sentir…

Javier Sicilia, poeta mexicano, escribió un último poema ese mismo año o el siguiente, se lo dedicó a su hijo asesinado en una carretera junto con sus amigos, en él dice: “El mundo ya no es digno de la palabra // Nos la ahogaron adentro // Como te (asfixiaron), // Como te // desgarraron a ti los pulmones // Y el dolor no se me aparta // sólo queda un mundo // Por el silencio de los justos // Sólo por tu silencio y por mi silencio, Juanelo”.

Hoy día conocemos un aproximado de las cifras que ha dejado la guerra desde el 2007. Son ya siete años desde que cayó el primero de nosotros por una guerra que nadie sabe en qué se está justificando. Sin embargo, es imposible calcular con números el dolor que sufre una sola persona al perder a un familiar. La poesía ha sido mi forma de romper mi propia insensibilidad, la poesía me ha acercado al dolor y la desesperación que invade el aire que respiramos día con día, porque hay un familiar agraviado en cada esquina y en cada ciudad. Es imposible calcular, porque el dolor no es númerico, es abismal.

Raúl Zurita escribe después de la dictadura en su país, Chile, el libro INRI donde habla de ése dolor. Para él, Chile se volvió un barco hundido, encallado, muerto. Las montañas de los Andes, la nieve, se volvió de color rosa carne y el mar está lleno de peces que se comen la carnada de su país, que sangra. México, México se desangra hoy en día.

La juventud se desangra, el futuro se desangra, nuestros recuerdos se desgarran y sólo queda la muerte, el miedo, la sangre. Sólo queda la guerra y más la guerra que no se va, que se acomoda en nuestras camas, debajo de la silla, ahí, a un lado del sofá, entre el control del televisor y la revista de ocasión; ahí está la guerra.

Vuelvo a Javier Sicilia, ahora con el poema “El Sobreviviente” como si los sobrevivientes pudiéramos ser nosotros, como si nosotros pudiéramos cambiar los recuerdos de quienes nos sucederán, “¿Hacia dónde volverse que no revele el hueco, / el vacío insondable de la ausencia? / Hacia ellos, los muertos, que guardan la memoria y saben que no estamos contentos en un mundo interpretado.”

Después de la Shoáh (el Holocausto), los judíos aún le temen a la Sombra de la Shoáh, aún quema tercamente la piel que se esconde en lo más profundo, quema a cada generación. Siete de mis veinte años los he vivido en la guerra y me pregunto ¿Qué recuerdos seremos capaces de albergar y transmitir a las próximas generaciones?

Publicado en El Caracol no iba tan lento

* Investigación de Julio Castillo, referida anteriormente está disponible en el siguiente enlace:http://aldf.gob.mx/archivo-7e4c2bbebb447407c00b3178a46c020d.pdf

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