Polifonía

por Joaquín Porrata

La necesidad de expresar lo que sentimos y pensamos; todos buscamos saciarla en mayor o menor medida convirtiéndonos en creadores de discursos expresivos que buscan llegar al Lector.

Si escribimos algo es para que sea atendido ya que de no ser así ¿para qué hacerlo? Por el gusto estético de plasmar la tinta en el papel (o el caracter en el monitor) en el mejor de los casos, por moda en el peor. Y aunque estos fueran los motivos, siempre hay un lector potencial.

Hoy es fácil tener acceso al producto del pensamiento de alguien a quien tal vez ni siquiera conozcamos. Cada vez más personas hacen sonar su voz. Si escuchamos con atención nos podremos dar cuenta de la cantidad de tonos distintos y preocupaciones legítimas.

Esto es “el fin del mundo del fin” y está muy próximo a aquel que Julio Cortázar describió en uno de sus célebres libros. Ahí se nos cuenta cómo “los pobres aprovechan los libros como ladrillos”, libros que después se salen de control y lo invaden todo haciendo que las aguas de los mares invadan a su vez muchas tierras.

El mensaje es claro, los escritores y demás seres expresivos están condenados a extinguirse en un mar acartonado, producto de sus propias manifestaciones.

Si vivimos una era en la que todos desean ser escuchados, lo más sensato sería dejar de hablar para comenzar a escuchar con nitidez esta polifonía.

Recordemos lo que dijo alguien que prefería esta postura: <<¡que bonitas son las palabras de los mudos!>> y guardemos silencio. Igual que él, yo elijo el mutismo como forma de vida silente y elocuente.

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4 comentarios en “Polifonía

  1. Con lo que no contaban es que las miles de páginas serían condensadas en dispositivos electrónicos. Parece que la tecnología le a jugado una broma las personas con opiniones tan catastróficas. “Los pobres aprovechan los libros como ladrillos”, eso tendría sentido antes de la revolución del microchip, ahora las cosas son diferentes; el autor puede escribir página tras página sin pensar en la cantidad en un sentido físico, aunque eso es una posibilidad ya que se siguen editando libros pero no falta el que cree que el libro de papel está por llegar a su extinción. Como sea, la multiplicidad de autores en la actualidad nos demuestra lo fértil que es el terreno y lo lejos que nos encontramos de esa catástrofe. Mientras más voces se escuchen el ecosistema es más rico, no veo por qué elegir el silencio.

    1. El comentario anterior parece muy optimista al mencionar la multiplicidad de autores en la actualidad. Me parece que quien escribió eso ha olvidado que ya en los años 60’s fue decretada la “muerte del autor” por pensadores como Roland Barthes y Michel Foucault, así que me parece un comentario un poco desatinado. De igual manera creo que la postura de guardar silencio para escuchar con nitidez la polifonía pierde relevancia si se toma en cuenta la muerte del autor. Entonces ¿qué nos queda? ¿convertirnos en una especie de máquina repetidora de frases de otros o limitarnos a escuchar las frases sin convivir en el ecosistema del lenguaje?

    1. Les dejo algo que puede complementar el tema de este texto y también al último comentario hecho por Rose Selavy:

      Primero le dejo un comentario crítico que hizo el científico Michio Kaku a la cultura estadounidense que tiene mucho que ver con el comentario de Umberto Eco:

      También les dejo una cita aparecida en el libro “Malestar” del filósofo y poeta Enrique G. Gallegos:

      “El advenimiento de la democracia trajo como colofón la vulgarización del escritor. Cientos de hombres y mujeres producen otro tanto de libros y revistas. En esto hay mucho de irresponsabilidad intelectual: por el enorme derroche de energía y medios, por una total ausencia de autocrítica y de valor artístico de la obra. Ante esto, el escritor debe de hacer un examen de conciencia; y ahorrarnos a nosotros, mínima humanidad lectora, el penoso acto de ver los libros empolvados en los estantes o de reciclarlos para el sanitario.
      Pero, ¿quién será el primero en atreverse a quemar sus propios libros?”

      Como seres expresivos (así los llama el autor del texto publicado aquí) estamos ante la disyuntiva del valor de nuestras opiniones. Parece que hay un consenso de que la tecnología le permite expresarse a quien desee hacerlo y por eso abundan la necedad camuflada como erudición. Lo que nos falta es el autoanálisis donde nos preguntemos si nuestras propias opiniones no son en realidad sinsentidos que más valdría silenciar para dejar el espacio a quienes tengan algo de valía para decir.

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