Sobre la epilepsia y el mar

Por Andrés Sánchez

Habíamos pasado la noche en el campamento familiar de un amigo por falta de lugar donde dormir. Amaneció nublado, el mar tranquilo, la gente dispuesta a trabajar como hormigas para recoger el campamento y volver lo antes posible a Guadalajara. Alguien había ambientado el trabajo de retirada con éxitos cumbiacheros como La bota, de Banda El Mexicano, o El listón de tu pelo de Los Ángeles Azules, que se repetían una y otra vez hasta el infinito, manteniendo en el ambiente una laboriosidad tropical casi obsesiva. Durante el proceso de repliegue, una niña como de unos 13 años divagaba en la playa segregada de su familia. Nadie parecía preocuparse por ella pues estaban todos muy ocupados en sus actividades. De repente alguien gritó y todos voltearon hacia la playa. La niña se revolcaba en las olas mientras sufría un ataque epiléptico; se sacudía como un pescado sacado del agua mientras iba y venía en la orilla de la playa. Finalmente su hermano salió corriendo y la sacó del agua. No pasó de unos buches de agua y el susto familiar, sin embargo el shock de lo que pudo haber pasado afecto gravemente al hermano y se soltó llorando. Acto seguido, una parte de la familia se reunió alrededor del hermano y lo abrazaron, la otra mitad de la familia lo volteó a ver con cara de desgracia, y cuando pasaba el muchacho le agarraban el hombro y lo veían a los ojos asintiendo como si dijeran “estoy contigo”, “siento tu dolor”.

            Me pongo a pensar lo acostumbrados que estamos a reaccionar de esta manera. Pareciera que la reacción es noble: somos empáticos con el individuo; solidarios con la causa; ¿pero estamos compartiendo el sufrimiento? Tal vez esta reacción es una especie de instinto en el cual se protege al que sufre por medio de mimetismo emocional; fingimos sentirnos mal para que no se sienta excluido, para que sus sentimientos no difieran de los otros. Que peor que sufrir y sentirte solo. Quizá por eso ponemos las mismas caras y demostramos la misma pena para que el individuo se pierda en las emociones ajenas, en los abrazos y los gestos del otro; confundiendo el sentimiento interno con el sentimiento externo, amalgamando los sentimientos del afectado con los de la manada; sin saberlo nos convertimos en un espejo humano.

            Por más que exista una buena intención o que el sentimiento parezca ser real, el duelo que existe entre el que sufre y la perdida, no está ni poquito interiorizado en los gestos de compasión de aquel que apapacha a la víctima. Por lo tanto este acto que parece tan bueno y tan necesario, no representa sino una especie de caridad emocional; una pequeña acción que no representa ningún esfuerzo y que tal vez ayude a reconfortar, pero que tampoco significa nada a largo plazo para el individuo que realiza la acción caritativa; es simplemente un momento con una plantilla de conducta. Dicen que la compasión es un instinto que se puede encontrar en casi cualquier mamífero, pero ¿es compasión lo que sentimos cuando la situación no nos significa nada y estamos fingiendo un dolor no correspondido?

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2 comentarios en “Sobre la epilepsia y el mar

  1. Muy interesante, yo pienso que tiene mucho sentido pero también quizá la persona necesita aceptar algo por si solo y eso es muy importante, pasar un duelo, como dirían, el no hacerlo sentir excluido es muy bueno, ayuda, pero creo que si se puede hacer algo mas, pero que podría ser?, talves depende de la persona y del momento, pero un buen abrazo siempre ayuda, cuando son correspondidos también, es decir n serrarte en el dolor o el susto

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